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May 2024

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Paternidad, emprendimiento, creatividad, salud física y mental. Resumo semanalmente lo que aprendo en formato blogcast (blog y podcast), en inglés y en español. triplef.substack.com

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May 12, 20249 min

#3 - Qué madre más artista

[Click here to read it in English] - Hoy, en muchos países del mundo se celebra lo que en España celebramos hace un semana: el día de la madre. A pesar de ser domingo, día que solemos reservar para actividades al aire libre en familia, hemos tenido un finde bastante completo, los peques estaban justo viendo una peli, y por tanto he invitado a mi mujer a que se baje a la cafetería a escribir. Se encuentra en una fase muy prolífica y cualquier bloque de tiempo que pueda aprovechar hay que cazarlo al vuelo. Aunque sea domingo.Conocí a mi mujer en el año 2016 justo cuando había acabado el manuscrito de sus memorias, el mismo en el que hoy sigue trabajando y que, si todo va bien, pronto verá la luz. Sin embargo, mi mujer no es escritora. Simplemente, tenía que escribir su historia y cuando la leí entendí el por qué al instante: es una de esas historias que han de ser que ser escritas. Su verdadera labor, sin embargo, son las artes plásticas: el grabado, la pintura, la escultura... You name it, que dicen los ingleses.He conocido a varios artistas durante mis recién cumplidas cuatro décadas de vida. Tengo amigos que viven de ello y otros que malviven como pueden. Pero lo de esta mujer es algo distinto. Su arte no se cuelga en el salón de una casa. No crea para complacer a los sentidos. No piensa en la audiencia. Nunca. Una pista: hace unos meses, para su última exposición, creó junto a otra artista un frasco que si lo abrías te inundaba con la fragancia de la muerte.Para ella, el arte no es un medio para vivir, sino una necesidad expresiva vital. Si no crea, muere. Su compleja historia es la fuente que alimenta sus trazos, y el dolor lo canaliza de forma catárquica en su proceso creativo. Si no produce, algo no va bien en casa. Necesita encerrarse a solas en el estudio y experimentar, probar, equivocarse, volver a empezar, crear con las manos, sentir, palpar, perderse en el proceso, volverse a encontrar.Ojo, no se confundan: puede parecer algo atractivo, la clásica imagen del bohemio francés que se encierra en su estudio y pinta majas desnudas a petición caprichosa del subconsciente. Nada más lejano a la realidad. Ella sufre muchísimo. Cada pieza es única y ha de convivir con ella durante semanas, meses o incluso años hasta que encuentra la combinación química perfecta de elementos que la naturaleza ya ha predispuesto y a las que ella le da una vuelta de tuerca otorgándole una connotación personal única. Si no artista, estoy convencido de que habría salido química.Cuando llega a casa, al contrario que en algunos trabajos donde uno ficha y hasta mañana, ella no desconecta. Empieza otra parte del proceso creativo, la investigación, la reflexión, los pensamientos, las ideas que van y vienen. A veces la ves ahí, cocinando, tendiendo, haciendo... Está, pero no está, su mente se ha trasladado a un universo inalcanzable para el resto de los mortales (yo ya le he dicho que ahí no quiero entrar). Duerme a tu lado pero no duerme. En sus sueños, trabaja en mejorar su obra, en encontrar ese cabo suelto que se le resiste, el porqué de lo aparentemente inaccesible. Su mente no descansa. Se despierta exhausta y al día siguiente, volver a empezar. Que quede claro: de bohemio y apetecible, nada. Tiene una disciplina impresionante y una creencia ciega en que lo que hace es puro, esencial, único y necesario... al menos para ella.Claro que, además de artista, es madre.Cuando la conocí en 2016, tenía ya dos hijas nacidas en EEUU, con las que se había volcado igual que lo hacía con su arte: al 100% y sin reservas. Dio el pecho el máximo tiempo posible, y todo lo que no pudo aprender de una madre que no estuvo en su infancia, lo aprendió leyendo. Conoce remedios naturales, vitaminas, aceites y ungüentos varios, así como las propiedades nutritivas que contiene cada alimento. A veces me parece más un bruja (buena) que una mujer al uso del siglo XXI.En 2018 llegó nuestra primera hija en común y en 2020 su primer varón, mi segundo hijo... ¡y ya su cuarto! Con cada uno de ellos siempre ha manifestado la misma dedicación. Como muchas otras madres, no puede negarles no solo ya lo físico y primario, sino sobre todo la atención emocional que ella aprendió en una de las etapas que siempre narra como de las más felices de su vida: la infancia que vivió junto a su abuela en una remota aldea etíope en los años 80.Algunos ya sabrán a donde quiero llegar: ¿cómo puede una madre estar presente para sus hijos, con sus innumerables necesidades físicas y emocionales, y a la vez ser exitosa en su trabajo, más aún cuando este tiene una demanda emocional tan exigente como lo es el mundo del Arte (con mayúsculas)?Pues, como muchas ya sabéis: con un conflicto interno enorme y nunca resuelto. Ser madre es "a full time job", como ella me dice cuando estoy mucho tiempo fuera de casa por trabajo. Y ser artista, a su vez, y hacer lo que uno necesita hacer como artista requiere de todo tu cuerpo, alma y mente. Y es imposible darle a ambos el tiempo que se merecen. Rousseau, que "amaba a la humanidad", abandonó a sus 5 hijos en el orfanato. Hay madres que lo han dado todo por sus hijos pero tuvieron que sacrificar sus carreras a cambio (¡hola, mamá, esto va por ti también!). El éxito de sus maridos, respetables médicos, políticos, artistas o profesores de universidad, ha ser irremediablemente compartido por ellas. Sin ellas como soporte, probablemente ellos no lo habrían logrado.Y de ahí surge una lucha constante, diaria, irresuelta: cuando le quitas tiempo a uno y se lo das al otro. Porque, aunque en el siglo XXI la mujer tenga más ayuda en casa por parte de sus maridos, que la tienen en su mayoría, el trabajo de ser madre es, como decíamos, a full time job, aunque los niños estén en la escuela o en actividades extraescolares. Una no descansa.No celebro la explotación de las madres. No me quito el sombrero antes aquellas que trabajan y lo llevan todo adelante, porque me parece que tienen todo el derecho del mundo a decir: "yo así no puedo". En un día como hoy, me pregunto si llegará aquel en el que encontraremos la fórmula social para que puedan sentirse plenas y realizadas con sus familias y a su vez puedan llevar a cabo sus sueños profesionales, sin tener que acabar exhaustas en el intento. Si encontramos la fórmula, entonces, eso sí que será un arte._¡Gracias por leer Triple F Blogcast | Gonzalo Guajardo ! Suscríbete gratis para recibir nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo. This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit triplef.substack.com

April 30, 202414 min

#2 - Salvemos las redes sociales: emprendimiento y vulnerabilidad

[Click here to read it in English] -En diciembre de 2022 se cumplían dos años del nacimiento de mi empresa y acababa un programa de aceleración de startups de doce meses. Era hora de hacer balance. Después de haber metido a family y friends en el proyecto, convencido de que éste triunfaría y que tarde o temprano repartiríamos dividendos (claramente yo era el fool de las tres efes), la realidad era más bien distinta: la empresa no generaba más de lo que gastaba y nos estábamos quedando sin dinero. Ellos habían perdido lo invertido y yo me volvía a casa con una deuda personal importante. En la videollamada que cerraba el programa de aceleración (que no la empresa, aún viva), estaba solo frente a los mentores con los que había estado trabajando durante ese año y a los que, he de reconocer, les había cogido bastante cariño.En un momento de la exposición, de repente, se me hizo un nudo en la garganta. No me salían las palabras. Sin previo aviso, se me saltó una lágrima. Luego otra. Y otra... No pude contenerme: me derrumbé por completo.Lloré como no recuerdo haberlo hecho en mucho tiempo. La situación de la startup me estaba causando un estrés brutal, con una presión enorme por haber "perdido" el dinero de tanta gente cercana, por no haber sido capaz de dirigir el barco. Por haber fallado. Sí, sí, ya sé que el que invierte arriesga. Pero la práctica del fracaso es un plato amargo cuando se saborea en primera persona. Esto me afectó en todas las esferas, a nivel psicológico y en casa con mi mujer y mis hijos, donde el ambiente era cada vez más insostenible.Ese día, exploté y salió a la luz la procesión que llevaba por dentro y que tanto me había esforzado en ocultar. Fue un momento catárquico. Un antes y un después. Comprendí cuáles eran mis prioridades en la vida y dónde no debía poner mi corazón.Durante el espectáculo, que duró un buen rato, los mentores, con más recorrido que yo, intentaron calmarme insistiendo en cortar la llamada.Les dije que no: "emprender es también esto".Me sorprenden muchos los países donde la aventura del emprendimiento se ha normalizado, siendo la aspiración de muchos de sus ciudadanos y donde si el invento no funciona, "con la música a otra parte". Aunque en parte lo admiro, me preocupa cierta tendencia reciente donde se nos insta a lanzarnos al emprendimiento como si de un juego se tratara. Ojo. Hay que tener mucho cuidado. Estamos hablando de dinero, de inversores, de familia, de la vida real... Esto no es el Monopoli. Sin las herramientas y la preparación necesarias, hay demasiado en juego. Algo difícil de ver si sólo atendemos a la edulcorada imagen que vemos en las redes sociales.Cuando decidí montar la empresa, todo lo que leía era desde un prisma positivista. Cómo tener éxito. La fórmula secreta. Cómo hacerse rico. Cómo lo hice. Etcétera, etcétera... Sólo recuerdo un libro que me advirtió de los peligros y que recomiendo, El Libro Negro del Emprendedor, sobre las razones erróneas para emprender.Reconozco que mi campo de visión estaba nublado por el efecto eufórico de las redes. ¿Qué otra cosa podía yo esperar si no había visto más que la parte positiva de las empresas y en concreto de las startups a mi alrededor?Todo el que ha haya intentado lanzar un proyecto, ya sea empresarial, artístico, social o de otra índole (¡tener hijos!), sabe lo complicado que es. Yo lo sé porque, familia aparte, he lanzado tres hasta la fecha: una ONG, hoy extinta; una película cinematográfica, aún y hasta nuevo aviso en formato de cortometraje; y la startup ya mencionada, por la que llevamos batallando ya tres años y pico. En todos me he llevado alegrías, que han venido de la mano de muchos momentos difíciles.Cuando creas algo desde cero, es muy difícil cuantificar la energía que dedicas a ese proyecto. Quizá podamos llevar cuentas generales del tiempo empleado, el dinero invertido, o los recursos materiales y humanos que hemos necesitado. Pero es muy difícil hacer cuentas del desgaste emocional que, por otra parte, es ingrediente sine qua non el proyecto difícilmente saldría adelante. Si uno no se vuelca al 100%, si no se entrega en cuerpo y alma, las posibilidades de éxito son prácticamente nulas.El caso es que a la gestión de proyectos, con todo lo que ello implica, se le suma hoy un ingrediente añadido, algo amado y odiado a partes iguales, algo que sabemos que puede ser muy útil o muy dañino según el uso que le demos. Hablamos, cómo no, de las redes sociales.La mayoría reconoceremos que hay días en que las redes nos resultan tremendamente útiles, con acceso a información, noticias, contactos, formación ideas, clientes, talento... Otros días, sin embargo, no hacemos absolutamente nada productivo en ellas. Son días en los que por más scroll que hagamos, no encontramos nada interesante, o lo que vemos nos deprime, sobre todo al comparar lo bien que le va a todo el mundo. Excepto a nosotros, claro.El problema está cuando pensamos que eso nos pasa solo a nosotros. Y que al resto les va de maravilla. Esa es la clave.¿Cómo caemos en dicho error de percepción?Pues muy sencillo: salvo en honrosas excepciones, estamos constantemente publicando cosas, a priori, positivas. En Instagram, por ejemplo, nuestra vida personal es perfecta (comidas, viajes, amigos), y en Linkedin nuestra faceta profesional es intachable. Queremos celebrar, compartir, proyectar una imagen positiva. Que nuestra actividad genere comentarios para satisfacción de nuestra dopamina. Sabemos ya lo suficiente sobre el premeditadamente adictivo diseño de las redes sociales. Es un mecanismo de supervivencia. Lo necesitamos.Y así, hemos creado un monstruo en el armario. Pero no todo está perdido.Un día quedé con un amigo y me preguntó, "¿qué tal?", y yo le dije, "bien, no nos podemos quejar", a lo que él me respondió, "sí, si que te puedes quejar; si algo no va bien, puedes decirlo sin problemas". Aquello se me quedó grabado. No lo interpreté como una invitación a ser desagradecido ("¿cómo voy a quejarme viendo cómo está el mundo?"), sino que abría la puerta a la posibilidad de la vulnerabilidad, a presentar una narrativa distinta, a un relato ajeno al lugar común, a la frase hecha, asumiendo, en definitiva que quizás hoy no me vaya tan bien, que nuestras vidas, nuestras familias, nuestras empresas no son tan perfectas y que no todo va viento en popa a toda vela.Normalmente las grandes broncas se quedan en casa, ¿verdad? Pues en una empresa, igual. En la foto de familia siempre salimos muy guapos. Pero, por muy bonita que sea la publicación de turno en la que se hable de la maravillosa facturación alcanzada este año, de las impresionantes proyecciones para el que viene, de la ronda de financiación cerrada con éxito, de las estupendas prácticas de conciliación laboral, del inolvidable evento de networking de ayer donde nos echamos unas risas, de lo contento que están tus empleados tras la jornada de team-building en el campo..., detrás de ese mundo de fantasía hay un sinfín de errores empresariales, de discusiones entre trabajadores, de acalorados desacuerdos en la directiva, de días de trabajo demasiado largos, de vacaciones demasiado cortas, de clientes insatisfechos, de un software deficiente, de un proveedor que no paga... De noches sin dormir.Como les decía a mis mentores: "emprender es también esto". Pero nadie lo muestra. ¿Por qué?Hasta hace muy poco, sobre todo en el universo varonil de ciertas culturas, se consideraba una debilidad hablar de tus problemas personales. ¿Recuerdan al señor Banks, de Mary Poppins?. Uno se lo guarda. Si acaso, lo habla con su pareja, con alguien muy, muy cercano... Y si tenía que ir al psicólogo, al loquero, pues con discreción, por lo vergonzoso de reconocerlo, como si implicase que estuviéramos mal programados, que fuésemos un error de la naturaleza.Hoy, sin embargo, hablar de la salud mental, hacer mindfulness, o acudir al especialista de la mente se ha generalizado y normalizado. No nos avergüenza decir que hacemos terapia. Nos hemos humanizado en ese sentido.Entonces, insisto, ¿por qué no nos mostramos tal y como somos en las redes?Algunos ya lo están haciendo. Muy pocos aún. Y no hacerlo, señores, es mentir. O mejor dicho, ocultar parte de la realidad. Y al ocultarlo, transmitimos una imagen idílica, una imagen que no se ajusta a lo verdadero, una imagen que no te representa. Nuestros avatares en Linkedin, Instagram o la red de turno, son falsos, son una proyección idílica. Es lo que nos gustaría ser. Pero, bienvenidos al mundo real: somos las dos caras de la moneda, y negar una de ellas en redes sociales es perjudicial para la salud.El riesgo potencial es enorme, porque si todos hacemos esto, es decir, si todos ocultamos lo que no queremos mostrar o nos avergüenza enseñar, estamos negando una parte de la realidad que es consustancial a nosotros mismos, a nuestras familias, a nuestras empresas y nuestras vidas.Al creernos que esa realidad falsa es posible (que no lo es), las redes se vuelven un lugar dañino. Nos convencemos de que la perfección es alcanzable y nos frustramos al no lograrlo.Me decía un buen amigo que ejerce como psiquiatra que la gente no quiere aceptar el sufrimiento como parte de la vida. Quieren evitarlo a toda cosa y cuando llega, que siempre llega, no tienen herramientas para gestionarlo. Los grandes gurús de la meditación ya lo saben: no se trata de evitarlo, sino de aceptar su presencia, de ser conscientes de ello. Eso es meditar: ser conscientes de nuestro ser y nuestro entorno.Por tanto, mientras antes sigamos estos dos pasos, mejor nos irá:1.- Aceptemos que el sufrimiento es parte de nuestras vidas.2.- Seamos vulnerables: compartámoslo sin miedo.Y como si de un misterio paradójico se tratase, esa vulnerabilidad nos hará precisamente más maduros, más fuertes, más resilientes.He comenzado este relato abriéndome en canal, contando lo mal que lo he pasado como emprendedor. Eso, hace un tiempo, me habría avergonzado, quizá fruto de una mentalidad tóxica. Pero hoy no. Porque sé que no cuento nada nuevo. Todos lo pasamos mal sin excepción. Otra cosa es que lo compartamos públicamente.Es necesario abrirse y contar la realidad como es, pues eso nos hace humanos, dando una imagen más completa y certera de nosotros. Además de ser un acto de honestidad, otros se sentirán identificados y no se derrumbarán creyendo que están solos. No lo están. Simplemente, no estábamos siendo sinceros.Si vamos a seguir en las redes, si queremos que las generaciones venideras estén en un entorno sano, seamos inteligentes, hagámoslo de forma que nos beneficie a todos, sin proyectar imágenes irreales, idílicas y dañinas en las que reflejarnos. Que las redes sociales sean un reflejo de quienes somos, que sean redes humanas, de verdad.-Gracias por dedicar tu tiempo a esta lectura. Suscríbete para no perderte nada. Comparte y Comenta. ¡Hasta la próxima! This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit triplef.substack.com

April 23, 202413 min

#1 - "Papá, soy Negra y pobre"

[Click here to read it in English] -Al recogerla al salir del comedor, su llanto era la expresión palpable de que algo había pasado en el colegio, pues lo normal es que salga con una sonrisa de oreja a oreja. Las monitoras y alguna que otra madre intentaban calmar su llanto desconsolado intentando comprender qué había sucedido. Mi mujer, que fue a recogerla ese día, no entendía qué pasaba hasta que por fin se aclaró el asunto. Una niña del comedor le había dicho a mi hija que ella, igual que su madre y sus hermanos, eran negros y pobres. Hala, todos a casa. Feliz Semana Santa.Llegó el día, me dije. Desde que uno acierta a comprender lo que significa "ser negro", sabe que ese día llegará y que entonces ya no habrá vuelta atrás. Tu hija dejará de ser un niña cualquiera en el cole. Desde ese día será consciente de la diferencia de su identidad y tú sabrás cómo eso la marcará para siempre. Aunque, siendo honestos, si bien yo puedo sólo llegar a intuirlo, es mi mujer la que lo ha sufrido de verdad y sabe a lo que mi hija se enfrenta desde el día de hoy. Un tiroteo en una escuela de EEUU al que sobrevivió milagrosamente y el caso de una hermana desaparecida que la policía de Atlanta se negó a investigar son los episodios quizá más llamativos y espeluznantes. Pero no en lo evidente, sino en lo sutil del racimo está su fuerza.Pobres niños, me dije, no pensando ya en mi hija, a la que hace tiempo que la venimos preparando y tendremos que seguir haciéndolo, sino en los niños en general, víctimas de una ignorancia que nos sume a la mayoría de los padres que hemos tenido la suerte de nacer en un sitio como España, estupendo para vivir, con buen clima, buena comida y lleno de beneficios de todo tipo (salud, educación, paz), pero en el que sabemos muy poco sobre lo que significa la negritud, África o el racismo inconsciente que se esconden bajo nuestra privilegiada piel.Mi mujer y yo hemos discutido largo y tendido en torno al color de la piel. Mi actitud siempre ha sido cautelosa respecto al tema, intentando evitar caer en el victimismo fácil pues, al fin y al cabo, quién no ha sufrido algún encontronazo con sus amigos de pequeño en el cole, a quién no le ha ridiculizado en alguna ocasión por su manera de ser, de vestir, de opinar o de hacer... De alguna forma, todos somos diferentes, ¿no es cierto? Al casarme con ella, yo desconocía por completo la magnitud del racismo y hasta qué punto yace a otro nivel, en un subconsciente en el que no queremos aventurarnos a entrar, por miedo a ver cómo realmente somos. Solo así puedo comprender ciertos comentarios: "¿racismo?, ¿en España? ¡anda ya!". Frases que en su día yo mismo dije y que hoy veo como no sólo desconocidos, sino también amigos y familiares cercanos espetan sorprendidos, como si estuviésemos hablando de un problema de la época de Abraham Lincoln, y no del año 2024.Su posición, la de mi mujer, ha sido siempre tranquila, inteligente, calma y reflexiva, a pesar de tener experiencias suficientes como para posicionarse en una actitud agresiva y a la defensiva. No, ella no se altera, con respeto y tranquilidad, mantiene que el condicionamiento en el trato que sufre una persona de color le afecta todas las esferas de la vida, comenzando mucho antes de que en el colegio te llamen "negra", por cómo los profesores, sin saberlo, te tratan ya desde pequeña en la guardería. Los ejemplos son demasiados y muchos ya los conocemos, desde miradas de reojo en las calles, paradas inquisitivas en la frontera policial, que alguien relacione tu desconocimiento del español con ignorancia en general y te hable como a un niño de 10 años, o algo tan simple y humillante como que una empleada de Mercadona, donde nos gastábamos religiosamente 600€ al mes, le haga abrir el bolso para ver si ha robado algo... No señora, quizá el bolso que habría que mirar es el de Mercadona, que a pesar de su buen hacer creando empleo y poniendo cereales sin gluten en sus pasillos, sigue sigilosamente aumentando precios y obteniendo ganancias anuales millonarias, mientras el español medio se empobrece. Un poco de respeto, por favor.El primer aviso le llegó a mi hija a los tres o cuatro años, cuando le dijeron que había que colorear y que había un rotulador que era "el color carne". ¿Os acordáis? Sí, el mismo rosita del que irónicamente intentamos embarazosamente deshacernos todos lo veranos en las playas. Mi hija llegó a casa diciendo que por qué yo era color carne y ella no. Pum. Primer aviso. Le enseñé el proyecto Humanae de la brasileña Angelica Dass, intentado hacerle ver que la paleta de colores, algo que los profesionales del sector audiovisual conocemos bien, está llena de millones de matices.Lo interesante de todo esto es que el último episodio probablemente fue fruto de una acción, a priori, inocentemente buena. El colegio, que por otra parte tiene una buena política de integración a la diversidad, con apoyo expreso a alumnos discapacitados, había anunciado una carrera solidaria para recaudar fondos para una ambulancia en Costa de Marfil. Nada que objetar. Sin embargo, imagínense un centro educativo donde los niños ven cada año las mismas imágenes asociadas a la carrera solidaria o a la campaña del Domund de turno, con niños negritos (según el manual del buenismo, si no dices 'negrito' o 'morenito' eres un racista), con barrigas infladas, moscas en la cabeza y un "dona un euro" por aquí, "apadrina ahora" por allá. La intención de ayudar es buena. El mensaje que se transmite, sin embargo, arraiga el estereotipo. Aquella niña que le dijo eso a mi hija, ¿qué culpa tiene?; para ella, lo negro es sinónimo de pobreza. Replica lo que ve, lo que le estamos enseñando en los coles y en los telediarios. Un negro te vende pañuelos en el semáforo, y poco más.Y lo blanco, por supuesto, es sinónimo de civilización, de raciocinio, de intelectualidad. Por eso enviamos ambulancias a África. No sólo ambulancias. A veces incluso, vamos nosotros mismos. Yo acudí por primera vez a Etiopía en 2008 como voluntario. Vaya jarro de agua fría. Yo iba, básicamente, a decirles cómo hacer las cosas. Porque nosotros ya somos una civilización avanzada y ellos todavía viven en el medievo cultivando la tierra. Vamos a África de volunturismo y al volver narramos a nuestras familias lo buenos que somos por haber dedicado nuestro tiempo a los pobres, publicamos sus fotos en redes sociales para obtener unos likes, ganamos premios a la cooperación y a la solidaridad, nos dan el galardón a la mejor foto hecha a un etíope que no sabe ni que se la has hecho, nuestros gobiernos donan millones de euros (con la condición de que cambien su agenda política a nuestro agrado, eso sí), y nuestra conciencia duerme tranquila: el blanco ha salvado al negro. A ver si me entero: expoliamos el continente africano, volvemos a los 50 años, les damos cuatro perras para poder decirles cómo hacer las cosas... y encima somos los buenos de la peli. ¡Qué sinsentido!La verdadera pobreza no es la material. Sino la intelectual. Y creo que ahí los europeos salimos perdiendo, a pesar de nuestros estudios y avances científicos. África es la cuna de la civilización humana, atesora una memoria histórica única que en Occidente desconocemos porque no se estudia en los colegios. Europa se encargó de dividirla y empobrecerla a golpe de escuadra y cartabón creando conflictos que aún hoy perduran. Tenemos a niños trabajando en yacimientos africanos para ponernos un anillo de oro en señal de amor y fidelidad, y hablamos con un smartphone cuya materia prima es fruto de, entre otras cosas, la explotación humana. Vendemos armas sin complejos, y jugamos un papel fundamental en el apoyo a las guerras civiles de las que nadie habla, probablemente porque no son blanquitos o europeos, como los ucranianos, y por tanto no importan. Y cuando los pobres huyen de la miseria, igual que hicieron nuestros abuelos en la posguerra española, nosotros sin embargo les cerramos las puertas y los dejamos morir en el Mediterráneo. O peor aún, les disparamos pelotas de goma y mueren en el agua. Si un barco va a ayudarlos, se lo prohibimos. ¿De verdad todavía hay alguien en la sala que piensa que nosotros somos la civilización avanzada?Pasemos del drama a la comedia. Este verano, mi prima, que trabaja como profesora en una escuela de San Francisco, me contaba la nueva forma de educar a los niños ricos en EEUU, descalzos, en contacto con la naturaleza, al aire libre... Yo pensaba, "¡Coño, pero si eso es lo que hacían los indígenas hasta que los colonizamos!". Ahora se ha puesto de moda cargar a los niños envueltos en una manta y darles el pecho el máximo tiempo posible para mejorar su sistema inmunitario, ¿será posible que eso es precisamente lo que llevan haciendo las madres africanas desde hace miles de años?". Que si comemos todos la misma mierda ultra-procesada y que hay que volver al mercado local para comer sano y natural... Mi mujer y yo reíamos a carcajada limpia el otro día enumerando la cantidad de avances de la sociedad moderna occidental, que no son sino más que una vuelta a lo que en Africa y en otras culturas llevan haciendo durante milenios.Y es por ello que digo que la verdadera pobreza es la intelectual, el desconocimiento total de qué es África más allá de la pobreza circunstancial en la que la hemos sumido y de la que somos en gran parte responsables. Por no mencionar que en África hay más de 50 países, cada uno con su idiosincrasia, su historia, su cultura y su riqueza. Meterlos a todos en el mismo saco es un reduccionismo injusto, que el que yo mismo caigo al escribir este artículo.Mi hija tiene suerte de ser diferente. En la medida que la economía lo permita, viajará como aquellos relativistas griegos que observaron que lo que en casa era la Verdad, en otro sitio no existía siquiera. Espero que eso le le dé herramientas para comprender la diversidad del mundo, para no juzgar y desarrollar empatía y una inteligencia diferente. Vivió en Etiopía cuando era un bebé y ha vuelto el verano pasado con 4 años. Espero que vuelva muchas veces más. Verá pobreza material en las calles, sí, pero poco a poco, sus ojos verán más allá de lo latente, y conocerá algo que no se puede explicar y que solo se puede vivir, algo que a mi, después de dos veranos allí, me hizo abandonarlo todo, coger la mochila y vivir allí una década memorable. Mi hija, más que certezas, tendrá probablemente muchas inquietudes y dudas, y se forjará una identidad singular, a medio camino entre las tres culturas que viven en nuestro hogar. A ello contribuirá, no vayamos a negarlo, que algunos africanos, ironías de la vida, le llamarán "blanca y rica". Y tendrá que vivir con ello.A nosotros, sus padres, creo que hoy nos ha tocado hacer de puente entre culturas. Los africanos nos conocen mejor de lo que nosotros los conocemos a ellos. Por ello hablo de África en Europa. Es mi deber contar la otra historia, y enseñar la siempre compleja belleza que atesora cada lugar. Quizá nos sonrojemos al comprobar que negro y pobre son sinónimo solo en la mente de los ignorantes. Y quizá, por tanto, resulte que los pobres ignorantes seamos nosotros.-Gracias por la lectura. Si te ha gustado, puedes suscribirte y compartir. This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit triplef.substack.com

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